Ayer esperaba que apareciese alguien pero te miento, hoy no lo espero sin embargo te sigo mintiendo. Hace unas horas mis dedos acariciaban el lienzo del último cuadro por terminar, vagaba perdida en un lugar extraño e impreciso, no sé tal vez ahora mienta nuevamente. ¿Por qué callar?-me pregunto, por si acaso. No.
…un día, dos días, tres días, un año que-¡ya son segundos!-comenzó esta singladura, algunos abandonaron aunque permanecerán siempre, otros nuevos llegaron; los de siempre, quienes nos queremos continuamos a ráfagas de impulsos por no perdernos entre desidias. Demoramos a la partida la angustia del silencio.
Un año se dice rapidito, ¿verdad? Año en el que han pasado tantas cosas allá, fuera de nuestra esquina rosada, aquí y no albergo ningún tipo de dudas también pasó la vida a ratitos, a ratitos, sí a maravillosos ratitos.
Seguimos los de siempre, así es, esos que aún nos resistimos a sentir por un momento la nostalgia de no estar; permanecemos tal vez, quienes nos quisimos en el momento que nos reconocimos. Y es que cada día pasito a pasito, de a poquito a poco, hemos ido construyendo un palacio dedicado a ese lazo invisible que nos une, de manera sincera, desterrando las prisas para saborear cada instante por saberlo único. En cada pared de esta intangible estancia dibujamos sonrisas, fracasos, esperanzas, corazones, solidaridad, caricias, cariños, abrazos, y decepciones. Nos dibujamos en noches de largas despedidas, de diálogos sin fin, de momentos irrepetibles. Jugamos a las risas de carcajadas abiertas, a corazones sin coraza. Combatimos en batallas imaginarias; aplaudimos las alegrías de nuestros amigos. Amigos que nos mostraron la enormidad del mar, la pasión del alba y la delicadeza de la tarde. Con ellos, esos amigos sinceros aprendimos más que nunca a envolver nuestros sueños con imperecederas palabras voladoras que partían a destinos de universos inhóspitos, estrellas enanas o a la morada de esos simples dioses menores. Palabras que en su descenso nos deslizaban suavemente sobre alfombras rojas mientras contemplábamos el mundo a través de la mirada del otro…
Un día, dos días, tres días, cuatro, cinco, seis, oigo la vida no fue un sueño.
Atiéndeme quiero decirte algo.
Un año, y ya os añoro.
Tal vez para el mundo no seáis nadie, pero para mí sois… gracias por entrar en mi corazón.
Brindo por ti
Eh, eh, eh, que se me olvidaba hay que ponerse el disfraz para la fiesta. ¿Cómo que no? ya estáis tardando, hombre. Y ahora mismito a bailar el Tamuré.(una de mis danzas favoritas)
ALOHA
domingo, 31 de enero de 2010
jueves, 28 de enero de 2010
Fin del juego ciego
Tras el final de anoche de Gran Hermano 11, toca hacer
balance del Juego Ciego de la Terracita (que era lo que verdaderamente nos importaba de esta edición):
balance del Juego Ciego de la Terracita (que era lo que verdaderamente nos importaba de esta edición):
MP: su defendida fue Indhira, la concursante más polémica y por la cual será, sin duda, recordada esta edición. Así misma se definía como “radicá” y a todos nos quedó claro el porqué de este calificativo pues, por un arrebato de autenticidad, tuvo que abandonar la casa obligada por la organización. Sin duda fue una candidata clarísima a la victoria pero, su carácter le privó de tal reconocimiento a su sinceridad en la convivencia. Ahora se dispone a aprovechar su popularidad de la mejor forma posible, de lo cual nos alegramos mucho.Mar: defendió a Saray. Esta concursante que al principio pasó desapercibida y que parecía que nos iba a dejar indiferentes, consiguió finalmente un protagonismo que nos hizo conocer su firme personalidad y la congruencia entre sus pensamientos y sus acciones. En la recta final protagonizó una historia de amor que, para muchos, está todavía por confirmar. Quedó en un honroso 2º puesto, sin haber sido nunca nominada, lo que confirma su convivencia impecable y la cantidad de amigos que se lleva del programa.
Tarei: luchó por la victoria de Ángel. Su paso por la casa espía lo convirtió en un candidato perfecto para llevarse el maletín. Sin embargo, una vez en la casa 11 no pudo demostrar de forma clara que se lo mereciese. Su mejor amigo, aparte de la rusandaluza, fue el confesionario, quien le jugó malas pasadas ante sus compañeros ya expulsados. Aún así, consiguió hacerse con la mayoría de los votantes y, tanto en su última nominación como en la final, logró imponerse con autoridad a sus contrincantes. Ahora todos esperamos que cumpla sus promesas y que disfrute enormemente de su triunfo. (Un saludo para cuando me leas piratilla).
Bien, pues hoy podemos dar por finalizado nuestro juego recordando que todos nuestros defendidos fueron los concursantes más fuertes de esta edición. ¿Casualidad? ¿Los hicimos nosotras grandes con nuestra defensa?..chun chun chunnnnn...sea como sea, ha sido muy divertido.
Saludos a todos.
PD: he ganadoooo!!! jeje
martes, 26 de enero de 2010
lunes, 25 de enero de 2010
Ruidos indiscretos
Amadeo Modigliani
Lucas, sus pudores
En los departamentos de ahora ya se sabe, el invitado va al baño y los otros siguen hablando de Biafra y de Michel Foucault, pero hay algo en el aire como si todo el mundo quisiera olvidarse de que tiene oídos y al mismo tiempo las orejas se orientan hacia el lugar sagrado que naturalmente en nuestra sociedad encogida está apenas a tres metros del lugar donde se desarrollan estas conversaciones de alto nivel, y es seguro que a pesar de los esfuerzos que hará el invitado ausente para no manifestar sus actividades, y los de los contertulios para activar el volumen del diálogo, en algún momento reverberará uno de esos sordos ruidos que oir se dejan en las circunstancias menos indicadas, o en el mejor de los casos el rasguido patético de un papel higiénico de calidad ordinaria cuando se arranca una hoja del rollo rosa o verde.
Si el invitado que va al baño es Lucas, su horror sólo puede compararse a la intensidad del cólico que lo ha obligado a encerrarse en el ominoso reducto. En ese horror no hay neurosis ni complejos, sino la certidumbre de un comportamiento intestinal recurrente, es decir que todo empezar lo mas bien, suave silencioso, pero ya al final, guardando la misma relación de la pólvora con los perdigones en un cartucho de caza, una detonación mas bien horrenda hará temblar los cepillos de dientes en sus soportes y agitarse la cortina de plástico de la ducha.
Nada puede hacer Lucas para evitarlo; ha probado todos los métodos, tales como inclinarse hasta tocar el suelo con la cabeza, echarse hacia atrás al punto de que los pies rozan la pared de enfrente, ponerse de costado e incluso, recurso supremo, agarrarse las nalgas y separarlas lo más posible para aumentar el diámetro del conducto proceloso. Vana es la multiplicación de silenciadores tales como echarse sobre los muslos todas las toallas al alcance y hasta las salidas de baño de los dueños de casa; prácticamente siempre, al término de lo que hubiera podido ser una agradable transferencia, el pedo final prorrumpe tumultuoso.
Cuando le toca a otro ir al baño, Lucas sufre por él pues está seguro que de un segundo a otro resonará el primer halalí de la ignominia; lo asombra un poco que la gente no parezca preocuparse demasiado por cosas así, aunque es evidente que no están desatentas de lo que ocurre e incluso lo cubren con choques de cucharitas en las tazas y corrimientos de sillones totalmente inmotivados. Cuando no sucede nada, Lucas se siente feliz y pide de inmediato otro coñac, al punto que termina por traicionarse y todo el mundo se da cuenta de que había estado tenso y angustiado mientras la señora de Broggi cumplimentaba sus urgencias. Cuán distinto, piensa Lucas, de la simplicidad de los niños que se acercan a la mejor reunión y anuncian: Mamá, quiero caca. Qué bienaventurado, piensa a continuación Lucas, el poeta anónimo que compuso aquella cuarteta donde se proclama que no hay placer más exquisito / que cagar bien despacito / ni placer más delicado / que después de haber cagado. Para remontarse a tales alturas ese señor debía estar exento de todo peligro de ventosidad intempestiva o tempestuosa, a menos que el baño de su casa estuviera en el piso de arriba o fuera esa piecita de chapas de zinc separada del rancho por una buena distancia.
Ya instalado en el terreno poético, Lucas se acuerda del verso del Dante en el que los condenados avevan dal cul fatto trombetta, y con esta remisón mental a la más alta cultura se considera un tanto disculpado de meditaciones que poco tienen que ver con lo que está diciendo el doctor Berenstein a propósito de la ley de alquileres.
Julio Cortázar
Un tal Lucas (1979)
Un tal Lucas (1979)
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