Son las tres de la madrugada, principios de Enero. Aquí hace frío, pero me siento bien. He oído que regresaste. La última vez que nos vimos volvías de París. Decidiste cambiar de vida, no sé si lo conseguiste, jamás pregunté por ti aunque sé que nuevamente cada diciembre me buscas en las respuestas de nuestros amigos. Confieso que cada fin de año espero inquieta la confidencia de Paco contándome, con esa sonrisa suya tan irónica, que aún añoras nuestros buenos momentos de tantas navidades juntos, que continúas preguntándote en qué momento nos perdimos dejando de abrazarnos con palabras.
Hoy como cada comienzo de año me emborracho de esta tosca, fría, silenciosa soledad. Aquí y allí, el aroma distante de tu tabaco de artista me atrapa de cuando en vez en este tu reinado de principios de año. Y es que de vez en cuando al mirar ese rincón vacío se deja caer la más terrible de las sombras; ¿Por qué debe llover en esta piel de olvido si ya no conservo más que un paisaje sin batalla?
Escóndete ruidoso luto aunque tengas los pies fríos.
Qué sentido tiene emborronar de palabras el silencio que esconde su pasión al delirante susurro, quizá únicamente contenga sentidos disfrazados de simulacros. Pensé que no había nada que hacer por eso ni tan siquiera lo intenté.
Los días pasan sin definir.
Nos vemos en diciembre.