viernes, 30 de octubre de 2009

Habitarías sí

Imagino que muchas de las cosas que entonces descubrieron mi ausencia serían hoy diferentes de haberlo sabido. Perdí despedidas sin encuentros en los errores no cometidos. Si hubiera sabido dar el paso correcto habrían desparecido los fracasos. De haberlo sabido todos los besos vueltos del revés habitarían aún. Si lo hubiese sabido todas mis mañanas habrían alimentado tu cuerpo. Ahora lo sé, y aún duele más.

Itos e Itas os dejo en compañía de Quique González.

Posdata: (Me habéis dejado solita esta noche, de haberlo sabido…)

Besosssssss para todos.

martes, 27 de octubre de 2009

Una historia verdadera


Y de repente la rutina cambia, de repente como de un rayo el corazón recupera su ritmo. Nuevamente el cine que se saborea, el que siente el brillo de una estrella, el que se deja abrazar por el detalle. Una historia verdadera nos habla sobre la fortaleza, la terquedad y superación del ser humano en un escenario aparentemente simple. La mentira, el dolor y la muerte son tratados en la película de una manera serena.

El argumento extremadamente sencillo centra su atención en la historia de un caminante que hace camino- Alvin-, y sus encuentros con el presente, el pasado y el futuro, en definitiva con su historia y la nuestra, la de toda la humanidad.

Straight emprende un viaje de perfección guiado por los mapas de las estrellas cuyo fin último como el de tantos peregrinos será la purificación a través de la expiación. La historia verdadera camina de la mano de la reflexión sobre los temas de siempre la familia, la guerra y Dios.

Esta noche por fin contemplaré las estrellas que nos cobijan. Vida camina dentro de mí hacia el amor.


Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
Antonio Machado

Posdata: Aunque el guión está plagado de tópicos manidos sobre los grandes temas de siempre están perfectamente enmarcados y junto con los silencios, miradas, y pausas forjan un deleitoso peregrinaje. Más aún si nos dejamos llevar por esa estupenda repetitiva fotografía acompañada del embrujo hipnótico de su banda sonora.

Salud

lunes, 26 de octubre de 2009

Cuando seamos viejos

Para salvar las noches en que estás enfadada

y con estos diez años que te llevo de ventaja

voy a obligarte niña a mirarme a la cara

y hasta que te lo diga, que no me des la espalda.


Cuando seamos viejos vas a llorar con rabia

de verte en el espejo la cara tan cambiada

se llenaran de arrugas tus risas de muchacha

será más insegura esa voz que hoy te manda.


Cuando seamos viejos no habrá tanta distancia

sentirás menos miedo sabiéndome en tu cama

ya, ni discutiremos, ni servirá de nada

te reñiré bajito lo que antes te chillaba.


Cuando seamos viejos, estarás más cansada.

Seremos compañeros, nos haremos más falta,

cuando no estés conmigo te notarás muy rara.

Me encontraré perdido si un día nos separan.


Cuando seamos viejos, veremos con nostalgia

sentados desde un banco, como la vida pasa

yo hablando con alguno que no me entienda nada

tú inventándote prisas para volver a casa.


Para salvar las noches que entonces serán largas

y cuando mis diez años se vuelvan desventaja

porque me falten fuerzas o a ti te falte gracia

entonces niña vieja podrás darme la espalda.

Alberto Bourbon



miércoles, 21 de octubre de 2009

sábado, 17 de octubre de 2009

La monotonía desigual. Así es cómo es: mañana, mañana, mañana… El tiempo mantiene su ritmo.


Animada por una recomendación de unas palabras afables volví a ver, Smoke. Y, nuevamente disfruté con sus pausados diálogos, con esa forma cadenciosa de contar historias, de narrar el más insignificante de los detalles ocurridos en el transcurso de una vida sin prisas. Una vida saboreada a caladas lentas que aprecia las diferencias en cada bocanada de humo. Humo al dibujar paisajes diferentes, humo entre uno y otro día.
Algunas veces me descubro intentando capturar instantes –como Auggie- en una esquina rosada cualquiera e incluso ante esa arista parisina, donde todo era distinto, todo era convertirse en un cuadro de Delvaux en que cualquier cosa podía suceder . Allí te encontraba, invariablemente, en esa esquina nuestra. Aspiraba cada palabra de tu voz, mis noches se colgaban de tu charla, adoraba fumarte paso a paso como si de un ritual se tratase en el que gozaba tus diferencias. Ahora, vuelvo a cada día del ayer para encontrarte en mi mañana, de nuevo intento capturar en ese vértice la instantánea que muestre en secuencias interminables la amistad de este trato casual convertida en nuestra crónica.
De repente, la felicidad del azar. Gírate humo y vuelve mañana, y mañana, y mañana.
Huyuya, jejej desvarié un poquito. Va, va, va concretando que es gerundio como dice Paul Auster, "Somoke trata sobre todo de la necesidad de narrar historias, de dar a los personajes una oportunidad de contarse cosas los unos a los otros".
Os dejo con el hipnótico cuento de navidad germen del guión de smoke. Disfrutad de su lectura merece la pena y como dice el peliculero visionar-la es "Maravillosa" yo que vosotros le haría caso. XD. Gracias, peliculero.


El cuento de navidad de Auggie Wren. Paul Auster



Le oí este cuento a Auggie Wren.
Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre.
Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.

Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años.
Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo.
Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren.
Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.

Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío.
Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros.
Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida.
A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista.
Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada.
A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso.
Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías.
Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.

Dios sabe qué esperaba yo.
Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente.
En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos.
Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla.
Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista.
El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías.
Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.
Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar.
Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca.
Todas las fotografías eran iguales.
Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes.
No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación.
Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:

- Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.

Tenía razón, por supuesto.
Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada.
Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente.
Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones.
Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos).
Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.

Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos.
Cogí otro álbum.
Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio.
Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí.
Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto.
Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.

- Mañana y mañana y mañana - murmuró entre dientes -, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.

Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Eso fue hace más de dos mil fotografías.
Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos.
Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.

A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad.
Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría.
En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico.
¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté.
¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?

Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad.
Las propias palabras "cuento de Navidad" tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza.
Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así.
Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental?
Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja.
Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.

No conseguía nada.
El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza.
Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre.
Me preguntó cómo estaba.
Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.

- ¿Un cuento de Navidad? - dijo él cuando yo hube terminado.
¿Sólo es eso?
Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca.
Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.

Fuimos a Jack's, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes.
Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.

- Fue en el verano del setenta y dos - dijo.
Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda.
Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético.
Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable.
Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi.
Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar.
Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic.
Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié.
Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.

Resultó que era su cartera.
No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías.
Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara.
Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena.
No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él.
Robert Goodwin. Así se llamaba.
Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela.
En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara.
No tuve valor.
Me figuré que probablemente era drogadicto.
Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?

Así que me quedé con la cartera.
De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto.
Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer.
Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes.
Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina.
Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.

La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas.
Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio.
Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio.
Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre.
No pasa nada.
Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme.
Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies.
Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.

- ¿Eres tú, Robert? - dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.

Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.

- Sabía que vendrías, Robert - dice -.
Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.

Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.

Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes?
Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.

- Está bien, abuela Ethel - dije-.
He vuelto para verte el día de Navidad.

No me preguntes por qué lo hice.
No tengo ni idea.
Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé.
Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.

No llegué a decirle que era su nieto.
No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía.
Sin embargo, no estaba intentando engañarla.
Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas.
Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert.
Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto.
Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.

Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos.
Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa?
Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía.
Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.

- Eso es estupendo, Robert - decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo.
Siempre supe que las cosas te saldrían bien.

Al cabo de un rato, empecé a tener hambre.
No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas.
Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas.
Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente.
Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas.
Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo.
Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro.
Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.

Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras.
De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad.
Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente.
Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí.
Así de sencillo.
Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.

No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca.
Demasiado Chianti, supongo.
Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé.
No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme.
Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui.
Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento.
Y ése es el final de la historia.

- ¿Volviste alguna vez? - le pregunté.

- Una sola - contestó.
Unos tres o cuatro meses después.
Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún.
Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí.
No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.

- Probablemente había muerto.

- Sí, probablemente.

- Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.

- Supongo que sí.
Nunca se me había ocurrido pensarlo.

- Fue una buena obra, Auggie.
Hiciste algo muy bonito por ella.

- Le mentí y luego le robé.
No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.

- La hiciste feliz.
Y además la cámara era robada.
No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.

- Todo por el arte, ¿eh, Paul?

- Yo no diría eso.
Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.

- Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?

- Sí - dije -.
Supongo que sí.

Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara.
Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia.
Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría.
Me había embaucado, y eso era lo único que importaba.
Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.

- Eres un as, Auggie - dije -.
Gracias por ayudarme.

- Siempre que quieras - contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos.
Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?

- Supongo que estoy en deuda contigo.

- No, no.
Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.

- Excepto el almuerzo.

- Eso es.
Excepto el almuerzo.
Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.






















«Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos...»
Julio Cortázar. Rayuela.

jueves, 15 de octubre de 2009

Romance a una bolsa


Guarde silencio la oferta del yogur sin calorías. Que se pongan negro luto azúcar y sacarina. Media asta en los envases de dos litros de lejía. Pongan cara de tristeza las cajeras en su línea. Crespón negro al detergente y otro a la pescadería: que tome color carbón la plata de las sardinas; lloren lágrimas saladas cazones y pescadillas. Y que el rojo del añojo que hay en la carnicería tome tintes funerales, sea de lomo o sea costilla. Que todas las marcas blancas se pongan negra mantilla. Se acabó lo que se daba: no hay más bolsas gratuitas, bolsas del Club Carrefour, bolsas útiles, divinas, que luego para mil cosas en tu casa te servían: para guardar ropa sucia, para guardar ropa limpia, para tirar la basura, para mil cosas distintas.

Yo vengo del Carrefour, que era una gloria bendita, con los precios más baratos y las ofertas más lindas, los detergentes más limpios, las fregonas más lucidas, las lechugas más romanas y las mejores endivias, las sandías siderales y los pepinos que envidia le daban a los maridos, que no sé en qué pensarían, pues al verlos las mocitas de rubor enrojecían.


Yo vengo del Carrefour, ay, yo no sé por qué iría. El alma traigo en los pies, desolada y decaída. Otras veces esta vuelta rebosaba de alegría. Venía con veinte bolsas a cual mejor y magnífica. En la una las gamuzas que el polvo atrapan y limpian; en la otra, los yogures; en una más las delicias de las latas de caballa, de las marcas más eximias, el café Catunambú, aceite de La Masía, el queso del Caserío, la Nutella y la Nocilla, los filetes de ternera, las buenas latas de piña, cerveza de la Cruz Campo con caballo que relincha porque es «sin», Kaliber llaman, y ocho latas me traía. Otras veces que ahora evoco yo del Carrefour venía con bolsas como tesoros y al llegar a la cocina era Jauja lo que entraba en cada bolsa que abría. En la una el cilibán, limpia cuanto te imaginas; en la otra tres gamuzas, siete kiwis, tres bombillas de esas de bajo consumo que ahorran tanta energía, y en otra más cocacola que hay en la América misma, en esa versión que es ligth, ni azúcar ni cafeína.

Ya vengo del Carrefour, y lágrimas me caían, de nostalgia inconsolable cuando llegar a la línea de la Caja Diecinueve, que es mi caja preferida, va y me suelta la cajera, va y me dice así la niña: «Lo siento, ya no hay más bolsas, porque el aire contaminan y el agujero de ozono llega de aquí a la Argentina, que esas bolsas puñeteras no hay forma de destruirlas, duran más que duró Chaves presidiendo Andalucía. Por eso no habrá más bolsas -sigue diciendo la niña-, porque ahora son reciclables; las damos de cortesía, estas bolsas fabricadas sin daño a la ecología para que así se acostumbren los pepes y las marías, y se hagan a la idea de que dentro de unos días tendrán que comprarlas ellos, medio euro una valía, o que las bolsas de casa cada uno las traía, cada cual se las componga, que no hay más bolsas dañinas; lo llevas con las dos manos lo que has comprado, alma mía, o con dos co...ntenedores de compras de la familia, y al que así Dios se la dé, San Pedro se la bendiga».

En cuanto he llegado a casa he buscado en las reliquias del armario donde guardo los diarios de otros días, y allí te he encontrado, oh bolsa, oh querida bolsa mía, oh bolsa del Carrefour, bolsa de toda la vida, tan blanca, roja y azul, tan preciada y tan precisa. Te voy a poner un marco, oh bolsa, ay, bolsa mía, como un recuerdo de antaño, como parte de mi vida, evocación de los tiempos en que por la ecología no te daban el por saco que ahora en Carrefour se estila. Esto parece un atraco: «Venga, la bolsa o la vida». Esta bolsa sin Nikkei ya en ningún sitio cotiza; ni en Madrid ni en Guolestrí tuvo nunca esta caída. En Carrefour no dan bolsas, ¡me cago en la ecología!
Antonio Burgos, en ABC
Domingo, 06-09-09

miércoles, 14 de octubre de 2009

lunes, 12 de octubre de 2009

La vida es lo que sucede mientras nos vamos muriendo. Ya que nos morimos inexorablemente transformemos el tiempo en eternidad que perdure. Os dejo un trocito de eternidad de la mano de un ritmo lento y majestuoso vestido de adagio.

Maestro, Remo Giazotto, cuando quiera...



¡Va por vosotros!

jueves, 8 de octubre de 2009

El mes más corto



El Mes+Corto es una muestra audiovisual internacional donde año tras año aumenta la participación, en calidad de las obras presentadas y en actividades paralelas, siempre con un compromiso claro y continuo, ante los participantes y el público asistente, que es mostrar de forma gratuita y accesible para todos los públicos, la mayor cantidad y variopinta forma de expresión audiovisual abierta desde Extremadura y Portugal a todas aquellas producciones sin tener en cuenta el lugar de origen.




Buen día (lluvioso). Salud.